Hay algo extraño en cómo procesamos el crecimiento: queremos el resultado sin el camino. Queremos ya estar bien, ya haber sanado, ya no llorar por lo mismo.
Pero el proceso no funciona así. El proceso es torpe, repetitivo, a veces humillante.
Esta semana caí en el mismo patrón de siempre. Esa danza conocida donde anticipo el rechazo antes de que pase, donde me achico para que nadie note que necesito algo.
Lo vi mientras pasaba. No pude detenerlo igual, pero lo vi.
Y eso es distinto a antes.
El problema con “ya saber”
Saber algo no significa haberlo incorporado. Puedo saber que merezco vínculos seguros y aun así buscar personas que me hagan dudar de eso. El saber intelectual y el saber corporal van a velocidades muy distintas.
La psicología lo llama integración. Yo lo llamo: el tiempo que le cuesta al cuerpo ponerse al día con lo que ya entendió la cabeza.
Y ese tiempo no se puede apurar.
Lo que sí puedo hacer es seguir siendo testigo. Notar. Nombrar.
No para castigarme, sino para conocerme.
Eso, creo, es lo que significa crecer: no volverse invulnerable, sino volverse más honesta con una misma.